Yo iría a cualquier lugar en el mundo, sin murmurar.
Yo hablo cientos de lenguajes y dialectos con soltura.
Yo guio muchas personas perdidas a la salvación por medio de Jesucristo.
Yo no requiero un salario ni necesito ganar el apoyo financiero.
El estar bajo la presión no me puede parar.
No necesito días de descanso ni vacaciones.
El pecado no me puede tentar.
Yo nunca estoy enfermo.
100% de mis fuerzas están dedicadas a la propagación del evangelio.
Yo nunca traicionaré la verdad por la popularidad.
Los jóvenes me aman y disfrutan a llevándome al colegio.
Esperaría pacientemente por horas, días, semanas, y aun más para una oportunidad de compartir el evangelio.
Yo no necesito un pasaporte ni una visa.
Yo cruzo toda frontera legal y racial.
Una vez que estoy en un país, no me pueden expulsar.
Yo entraría con gozo en cualquier país donde sea ilegal el testificar.
Yo amo compartir el evangelio en la cárcel porque los reclusos me aman.
Nadie puede resistir mi método de compartir el evangelio.
Yo puedo predicar en todo lugar – en aviones, buses, metros, trenes, esquinas de la calle, donde sea.
Aunque a veces me ignoran las personas, eventualmente alguien me permitirá darle el evangelio.
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